Maria Antonia tenía 9 años y una visa de turista, pero terminó en un centro de detención familiar por cuatro meses. Esta es la historia del sueño que se convirtió en cautiverio

Imagínate tener nueve años, el corazón lleno de ilusión y una maleta repleta de manchas de dálmata. Maria Antonia Guerra Montoya no viajaba para cruzar un desierto ni para esconderse en las sombras; viajaba con una visa de turista, una sonrisa y el deseo ferviente de celebrar Halloween en Disney World vestida de Cruella de Vil. Pero al aterrizar en el Aeropuerto Internacional de Miami el pasado 2 de octubre, el “lugar más feliz del mundo” se desvaneció antes de salir de la terminal.
En lugar de castillos y fuegos artificiales, Maria Antonia y su madre, Maria Alejandra Montoya, se enfrentaron a un interrogatorio frío y agresivo que cambiaría sus vidas. Lo que debía ser un viaje de diez días se convirtió en un cautiverio de cuatro meses en el Centro de Procesamiento Residencial de Dilley, Texas, un lugar que la pequeña, con una ironía que rompe el alma, bautizó como “Dilleylandia”.
El Interrogatorio: El Fin de la Inocencia
La pesadilla comenzó en una sala privada de Miami. Separada de su madre, la niña de apenas cuarto grado fue sometida a preguntas que no lograba comprender. “Solo puedo decirles mi nombre, mi cumpleaños y que soy de Colombia”, repetía Maria Antonia, según relató a la periodista Mica Rosenberg.
Mientras su padrastro —un ciudadano estadounidense— esperaba ansioso en la zona de llegadas, Maria Antonia escuchaba, gracias a su inglés fluido aprendido en una escuela privada de Medellín, algo que la heló por dentro: un oficial le decía a otro que, si la niña hubiera tenido 10 años en lugar de 9, habrían podido separarla legalmente de su madre. El miedo a la separación se convirtió en una sombra que no la dejaría dormir durante los siguientes 120 días.
El Infierno en Dilley
Tras 42 horas de espera en celdas frías en el aeropuerto, fueron trasladadas a Dilley, Texas, la única instalación de detención familiar operativa en el país bajo la administración actual. Desde que el centro reabrió el año pasado, más de 3,500 personas, la mitad de ellas menores, han pasado por sus puertas.
La vida en “Dilleylandia” no tenía nada de mágico:

- Salud en declive: Maria Antonia se desmayó dos veces durante su estancia.
- Dieta precaria: Siendo vegetariana, su alimentación se basaba casi exclusivamente en frijoles.
- Trauma psicológico: Su madre relata que la niña despertaba llorando en las noches, aterrorizada por la idea de ser deportada sola o separada de ella para siempre.
“No me dan mi dieta, soy vegetariana, no como bien, no hay buena educación y extraño a mi mejor amiga Julieta y a mi abuela y mi escuela. Ya quiero llegar a mi casa. Yo en Dilley no soy feliz, por favor sáquenme de aquí a Colombia”.
— Fragmento de la carta de Maria Antonia a ProPublica.
La Postura Oficial vs. La Realidad
El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) y el ICE tienen una versión muy distinta. Según las autoridades, Maria Alejandra Montoya había sobrepasado una visa anteriormente y tenía un arresto previo por robo (un cargo que, según documentos judiciales, fue desestimado).
El gobierno asegura que el centro de Dilley cumple con todos los estándares: tres comidas al día, agua limpia, atención médica y educación. Afirman que Maria Antonia fue vista por profesionales de salud mental semanalmente y que ella declaró estar “tranquila y bien alimentada”. Sin embargo, para una niña que pasó meses viendo cómo sus únicos amigos eran liberados o deportados mientras ella seguía encerrada, las “clases de matemáticas” y los “folletos de lectura” no podían llenar el vacío de la libertad perdida.
¿Por qué importa esto a nuestra comunidad?
El caso de Maria Antonia no es solo la historia de una niña colombiana; es el reflejo de un sistema migratorio que a menudo prioriza la detención punitiva sobre el bienestar humano, incluso cuando se trata de familias con procesos legales en curso. La madre de la niña estaba casada con un estadounidense y en proceso de obtener su residencia (green card), un detalle que parece haber sido ignorado durante los meses de encierro.
Este informe subraya una verdad incómoda: la detención de menores tiene consecuencias psicológicas profundas que no se borran con una orden de liberación. La incertidumbre legal y el uso de centros de detención masivos como Dilley siguen siendo una herida abierta en la política de este país.
El Regreso y la Libertad
La justicia llegó a cuentagotas. El 6 de enero, un juez les concedió la “salida voluntaria”, permitiendo que Maria Alejandra regresara a Colombia por sus propios medios para seguir su proceso de residencia desde allá, evitando una orden de deportación formal. Pero no fue hasta el 6 de febrero que finalmente tocaron suelo colombiano.
Lo primero que hizo Maria Antonia al llegar a casa fue tirar a la basura el uniforme gris que la acompañó en su cautiverio. Un video reciente la muestra corriendo hacia su escuela en Medellín, vestida con leggings rosados y una camiseta de osito, abrazando a sus maestras y amigos entre lágrimas de alivio. Por fin, la niña que soñaba con Mickey Mouse recuperó su derecho a ser simplemente una niña en su tierra.
Atribución:
Este reporte está basado en el periodismo de investigación original de Mica Rosenberg, publicado en ProPublica el 14 de febrero de 2026.



